ALGO MÁS QUE PALABRAS... MECANISMOS,
RECURSOS Y JUSTICIA DE GÉNERO EN EL SIGLO XXI
Declaración de la Articulación de Organizaciones de Mujeres y Feministas
de América Latina y el Caribe a la Plenaria de la VIII Conferencia
Regional sobre la Mujer en América Latina y el Caribe de la CEPAL
Los movimientos de mujeres y feministas
de América Latina y el Caribe, hemos asumido con responsabilidad,
durante estos cinco años, las recomendaciones emanadas de la Plataforma
de Acción Mundial de Beijing. En cada iniciativa gubernamental o
legislativa que se señala como logro, ha habido miles de mujeres que se
han organizado y presionado para ello. Desde la certeza de haber
contribuido como sociedad civil, a la implementación de la PAM, no
podemos aceptar que a los albores del siglo veintiuno estas demandas
sean solo declaraciones y palabras.
De allí que, hoy, en esta VIII
Conferencia Regional sobre la Mujer, queremos expresar ante los
gobiernos y a la opinión pública, nuestra insatisfacción por el estado
actual de implementación de la Plataforma de Acción Mundial y el
Programa Regional.
La Plataforma de Acción recoge, a pesar de sus límites, demandas,
necesidades y propuestas que apuntan a corregir la deuda democrática e
histórica que las sociedades tienen con las mujeres. Sin embargo, los
gobiernos de nuestra región no han asumido esta plataforma como eje para
reorientar sus políticas de Estado y re-pensar los presupuestos
nacionales, desde la perspectiva de cumplimiento de los compromisos
asumidos en las diferentes Conferencias.
La transversalización y la integralidad de las políticas para la
igualdad y equidad de género, requieren compromisos al más alto nivel
político y asignación de recursos. Constatamos, por el contrario, la
focalización de escasos recursos, ya sea en las Oficinas de la Mujer o
en programas específicos de salud, prevención y atención de violencia, o
educación. Estas acciones fragmentadas –aún siendo importantes-
evidencian la falta de voluntad política para adoptar una verdadera
estrategia tendiente a eliminar las desigualdades que afectan la vida de
las mujeres.
Estos cinco años nos han demostrado que
la Plataforma, para su aplicación efectiva y duradera, requiere de
transformaciones económicas y político-culturales que modifiquen no solo
las condiciones de vida de las personas sino también los sentidos
comunes tradicionales y rompan la inercia de formas de pensar y vivir en
sociedad.
Mas que acciones puntuales y programas de escaso presupuesto,
interpelamos a los gobiernos, partidos, parlamentos para que asuman
cabalmente, en diálogo con la sociedad civil, la búsqueda de modelos
alternativos, democráticos, descentralizados, que garanticen no solo la
eliminación de las desigualdades y discriminaciones basadas en el
género, raza, etnia, cultura, edad/generación, orientación sexual,
clase, religión, nacionalidad, discapacidad, sino también la
redistribución del ingreso y el desarrollo humano sostenible y a su vez
descentralizado, que garantice a su vez el acceso a la información y que
impulse el desarrollo tecnológico local y global . El derecho a la
comunicación y al conocimiento es prioritario para asegurar la
participación de las mujeres en la toma de decisiones y la construcción
de la democracia basada en el pluralismo y una cultura de paz.
La priorización del equilibrio macroeconómico, ha agravado en estos años
la pobreza estructural, la marginación y segregación social
deteriorando, a límites moralmente intolerables, la convivencia
ciudadana, las condiciones de vida y el medio ambiente. Revertir esta
situación de injusticia debería ser la principal tarea de los
gobernantes. Ello daría impulso a cambios político-culturales que nos
acerquen a nuevas formas de convivencia y respeto entre ciudadanos y
ciudadanas y entre las ciudadanías y los estados.
Una región que contiene, entre sus principales riquezas, identidades
diversas, culturas y naciones que expresan multiplicidad de saberes y
experiencias, debe poder rescatar esas potencialidades y enfrentar en
forma decidida las prácticas excluyentes y autoritarias, ya
estructurales, expresadas en el racismo, tanto cultural como práctico
que afecta particularmente a las mujeres negras e indígenas.
Mientras tantas mujeres en América Latina sigan muriendo y sufriendo
mutilaciones por abortos realizados en condiciones de clandestinidad y
precariedad, sus derechos no serán respetados. Mientras los cuerpos de
las mujeres sigan siendo violados, maltratados, humillados, ya sea en
conflictos armados, en el espacio público o en el espacio doméstico e
íntimo, los derechos humanos de todas las mujeres seguirán siendo
violados, maltratados y humillados. Si bien por cada mujer violentada en
su integridad habrá muchas que se organicen contra ello, es
responsabilidad incuestionable de los estados el asumir y garantizar la
defensa de estos derechos, por encima de presiones confesionales y
privadas. El afianzamiento del carácter laico de los estados es una
condición si ne qua non para el afianzamiento de la
institucionalidad democrática en los países de la región.
Los derechos humanos de las mujeres están reconocidos y garantizados en
todos los instrumentos internacionales fundamentales para la defensa de
nuestros derechos. Es urgente sin embargo la puesta en práctica de la
Convención de todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW),
la ratificación de su Protocolo Opcional, el Estatuto de la Corte Penal
Internacional, así como la Convención de Belem do Pará.
No pedimos concesiones ni queremos solo medidas compensatorias y
puntuales. Queremos sociedades democráticas donde mujeres y hombres sean
definitivamente considerados como sujetos/as de derechos, con espacios y
competencias para opinar, proponer, evaluar y decidir las políticas
públicas y canales de rendición de cuentas desde los gobiernos hacia la
sociedad.
El siglo XXI será de las mujeres sólo si lo es también de la democracia,
en lo político, social y económico, pero también en lo cultural, privado
e íntimo. Sólo si contamos con gobiernos democráticos que den
cumplimiento a sus compromisos políticos y jurídicos, y sociedades
civiles fuertes, capaz de vigilar la gestión pública y formular
propuestas, podremos asumir los desafíos que nos plantea el nuevo
milenio.
Lima, 10 de febrero del 2000
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