Globalización, pobreza y las metas del
milenio
desde la perspectiva de género
Cecilia López Montaño
INTRODUCCIÓN
La década de los noventa se caracterizó por la realización de Cumbres
Mundiales promovidas por las Naciones Unidas, las cuales trataron de
abordar los problemas más pertinentes del desarrollo mundial. Dada la
creciente inserción de la mujer en la vida pública, la mayoría de ellas
tocaron intereses relacionados con el género y, dos de ellas, Beijing y
Cairo, se dedicaron a visibilizar sus problemas más específicos.
Particularmente en el Cairo, las mujeres lograron una gran conquista que
posteriormente se ratificó en Beijing, al reconocerse sus derechos
sexuales y reproductivos como parte de los derechos humanos, elevándose
este tema a una nueva dimensión que debería permitir nuevos espacios en
organismos internacionales y gobiernos. Se han cumplido diez años desde
su realización, de manera que ha llegado el momento de evaluar sus
logros, frustraciones y retos futuros.
Como primer paso para iniciar esta evaluación, es fundamental reconocer
los grandes y nuevos procesos que en este último período han vivido, el
mundo en general y los países en desarrollo, en particular.
Específicamente, América Latina durante la década de los noventa se
enfrentó a cambios radicales en sus economías, en la concepción misma
del desarrollo, en su modelo de organización política y en la dinámica
de su sociedad civil. Inició los noventa con la esperanza de superar la
década perdida de los ochenta y con la promesa de que la nueva receta
económica, conocida como el Consenso de Washington, le traería la
estabilidad económica que se traduciría en crecimiento y como
subproducto, en mejor calidad de vida. La Región siguió como ninguna la
fórmula impulsada por los organismos internacionales pero al final, las
expectativas fueron muy superiores a las realidades. (French-Davis,
Ricardo, 2003) Logró la estabilidad pero a costa de un bajo o nulo
crecimiento y de inmensos costos sociales y políticos. Hoy la
ingobernabilidad de estos países parece ser la nota común.
Los noventa han sido una época especialmente convulsionada para la
Región que aún avanzado ya el segundo milenio no logra encontrar el
desarrollo sostenible que busca, ni la equidad social para dejar de ser
la Región más desigual del planeta. (BID, 2000) Los países
latinoamericanos viven hoy el gran reto de resolver problemas viejos
como la pobreza, la inequidad, el lento e inestable crecimiento
económico, y de enfrentar los nuevos como la inseguridad, las distintas
expresiones de violencia, el narcotráfico y el terrorismo.
El segundo hecho que debe reconocerse, antes de evaluar los resultados
de las Cumbres mencionadas, se refiere a los profundos cambios que las
mujeres han experimentado y sus implicaciones en términos de nuevas
relaciones de género. Sin abandonar sus tareas tradicionales reconocidas
hoy como la economía del cuidado, las mujeres han invadido el espacio de
lo público y en los dos ámbitos en que se mueven se ven afectadas por
las políticas económicas que han privilegiado los equilibrios
macroeconómicos. Como prestadoras de servicios sociales de última
instancia, las mujeres latinoamericanas, en particular, han visto
recargar su trabajo no remunerado frente a la reducción del gasto
público y, a su vez, su accionar en la economía de mercado se enfrenta a
políticas que precarizan el mercado laboral. Menos estudiada es la nueva
situación a la que se enfrentan los hombres que no logran asimilar sus
nuevos roles en la sociedad.
El inicio del siglo XXI ha marcado una nueva era en la cual el mundo
pobre y, más aún, el reconocido como rico, se siente vulnerable. Los
países desarrollados han perdido la sensación de seguridad que los
caracterizó y se enfrentan a un enemigo inasible, el terrorismo mundial,
que no solo ha tenido altos costos sino que ha mostrado la debilidad de
sus instituciones que se planteaban como modelos a los países del Tercer
Mundo. Y este último que requiere salir de la pobreza, no logra
posicionarse en las nuevas realidades que impone la globalización.
Solamente China, la India y el Sud este Asiático han logrado romper las
barreras que frenaban su proceso de modernización y hoy avanzan hacia la
consolidación de sus sociedades reduciendo pobreza y marginalidad. Este
complejo contexto es en el que deben analizarse la globalización, la
pobreza y el nuevo compromiso mundial, las Metas del Milenio.
GLOBALIZACIÓN Y POBREZA EN DOS NUEVOS ESCENARIOS
Al menos dos grandes cambios se observan como realidades irreversibles.
En primer lugar, se identifica una nueva forma de industrialización que
se aparta notoriamente de los procesos observados en los países hoy
desarrollados. (Tedesco, Juan Carlos, 1999) Se supone que el mundo ha
entrado en una nueva etapa en la cual el conocimiento y la información
estarían reemplazando a los recursos naturales, a la fuerza y al dinero,
como variables claves de la generación y distribución del poder. La
esencia del cambio parece estar en la transformación de la organización
del trabajo. Como anota Tedesco, después de un excesivo optimismo sobre
la capacidad democratizadora de esta nueva fase se ha llegado a
conclusiones preocupantes que coinciden con la realidad de mayor
desigualdad en el mundo, tanto en los países industrializados como en
aquellos en vía de desarrollo, pero especialmente en áreas que coinciden
con sectores de transformación productiva y tecnológica. Los nuevos
sectores dinámicos con alto componente tecnológico generan pocos puestos
de trabajo con altos salarios dejándole a los servicios la capacidad de
absorción de mano de obra barata. Como para estos últimos el costo
laboral es una parte fundamental del precio del producto, su política
laboral es generar empleo de bajo costo.
El resultado final es hoy evidente en América Latina, altísimos niveles
de desempleo y la aparición del fenómeno de la exclusión en los ciclos
productivos. Se plantea entonces que la diferencia entre el capitalismo
industrial tradicional y este nuevo capitalismo es que el primero
incluía pero explotaba y el segundo además de explotar, excluye. De ahí
lo altísimos niveles de informalidad que afectan los mercados de trabajo
latinoamericanos.
Durante la última mitad del siglo XX y en lo que va del presente, el
elemento más dinámico del mercado laboral latinoamericano, ha sido el
trabajo femenino por lo tanto es imposible entender todos estos procesos
sin consideraciones de género. (Standing, Guy, 1999) La nueva forma del
capitalismo, en el cual la descentralización mundial de la producción,
la importancia de la inversión extranjera, el papel de las grandes
corporaciones internacionales es evidente, ha estado acompañada por una
gran demanda de mano de obra femenina. Este proceso requiere ser
analizado cuidadosamente porque en forma ligera, la economía ortodoxa lo
califica como una de las revoluciones positivas de las nuevas tendencias
económicas. (BID, 2003)
En América Latina, la exclusión económica ha conducido al nuevo fenómeno
social que hoy se identifica como la máxima preocupación de los
latinoamericanos, la inseguridad económica (Rodrik, Dani, 1999). Sin
embargo, su impacto diferencial entre hombres y mujeres no ha sido
suficientemente estudiado. Esta nueva característica del desarrollo de
la Región, se agrava por la exclusión política, dada las imperfecciones
de los sistemas democráticos y conlleva a la poca analizada exclusión
social que se suma a la pobreza de siempre y a la desigual distribución
del ingreso. Una de las características más importantes de esta
exclusión productiva, también analizada por Tedesco, es que no genera un
grupo contestatario, lo cual le quita todo poder político. Allí debe
nacer la debilidad actual de muchas de las instancias de reivindicación
social que en su momento frenaron los abusos y las graves consecuencias
de la falta de una nueva institucionalidad que reconozca este fenómeno,
como es el caso de los sindicatos. Como señala Castell, mientras que la
explotación es un conflicto, la exclusión es una ruptura. (Castell,
Robert, 1996)
A su vez, es evidente que a los viejos problemas sociales que afectan a
las sociedades latinoamericanas como la creciente miseria y pobreza se
le agrega un foco de mayor desigualdad de ingresos y de riqueza con
connotaciones aún desconocidas, que genera la misma forma actual de
producción capitalista. El aumento registrado en la Región en los
niveles de criminalidad, de violencia social y aún el conflicto armado
como en Colombia, puede encontrar fundamentos novedosos en los procesos
de exclusión a que ha estado sometida la sociedad. Se muestra como un
gran avance la relativa reducción que diversos índices señalan en la
desigualdad por género. Sin duda no han pasado en vano las décadas de
políticas dirigidas a las mujeres que hoy viven más, tiene mejor salud y
mayor educación, pero la realidad es que la exclusión continúa. Los
indicadores sociales han mejorado pero no han producido los cambios
necesarios en los valores, las normas y las conductas que subordinan a
las mujeres a los hombres y que limitan sus posibilidades de acceso
igualitario a los activos productivos y al poder político. Se aplica
entonces una conclusión que se ha planteado a nivel mundial "Aunque los
roles de género han cambiado, la desigualdad no cambia." (Shah, Talah
and Deepa Narayan, 2000).
El otro nuevo escenario para las políticas públicas tiene que ver con la
segunda etapa de la globalización, la de los acuerdos comerciales, tanto
multilaterales como bilaterales, etapa que debería partir de la
geopolítica, es decir, de reconocer la importancia que la geografía debe
tener en las decisiones de Estado cuando se vive en un mundo
interconectado. Sin embargo, en varios de los países de la Región, esta
segunda fase estaría reducida a Tratados de Bilaterales de Libre
Comercio, TLCs, con Estados Unidos y en menor grado, con arreglos
multilaterales centrados en el comercio al margen de la geopolítica.
El elemento común a estos dos escenarios es el incremento en la pobreza
y la mayor exclusión de significativos segmentos de la población. Las
últimas cifras latinoamericanas corroboran esta preocupación. (Cepal,
2004) Estos temas están preocupando seriamente a los organismos
internacionales y a los académicos del mundo, más concientes que los
latinoamericanos sobre el drama que se está generando en muchos de los
países en desarrollo y también en menor grado en las sociedades
industrializadas. ( Ocampo, José Antonio, 2003) Lo que aún falta es un
mayor análisis sobre las consecuencias de aplicar el lente de género a
estas nuevas realidades.
BEIJING Y CAIRO, UNA RÁPIDA MIRADA
Las Plataformas de Acción que se lograron aprobar en estas conferencias
mundiales generaron una serie de expectativas entre las mujeres del
mundo. La presencia de los Gobiernos así como las presiones de las
organizaciones de la sociedad civil, hechos que se sumaron a la salida
masiva de la mujer del ámbito doméstico, permitían suponer un viraje
sustantivo en las políticas públicas que deberían redundar en un
mejoramiento de la situación de la mujer y una reducción de las
desigualdades de género inexplicables e injustas. Sin embargo, en estos
años se han vivido complejos procesos que han tratado de retroceder los
logros alcanzados. Este proceso continúa y reviste particular gravedad
dada la naturaleza de los logros alcanzados y los retos que se enfrentan
para consolidar los acuerdos consignados en los documentos finales de
las mencionadas cumbres.
Al revisar los acuerdos de Beijing, es evidente que se ha avanzado en
darle una mayor visibilidad al tema de género en los discursos oficiales
y, en general, en la opinión pública. Difícil encontrar un mandatario,
en especial en América Latina, que ignore la importancia de mostrar
interés en reconocer la necesidad de trabajar por la igualdad entre
hombres y mujeres. Esto es particularmente cierto frente al claro
fenómeno de la feminización del mercado laboral y a los grandes avances
que la mujer ha logrado en términos de su inserción en el sector
educativo hasta el punto de superar en escolaridad a los hombres. Se han
diseñado políticas de equidad de género y en alguna medida se ha tratado
de crear una base institucional mínima pero aún dándole un trato
sectorial. También debe reconocerse el avance que se ha alcanzado en la
legislación pero no se logra fácilmente que el tema de sus derechos sea
abordado explícitamente. No es aventurado afirmar que Beijing logró
avances que se mantienen mucho en el plano teórico pero aún estos
limitados logros están amenazados por posiciones de extrema derecha.
El verdadero fracaso de Beijing es que no se han producido los grandes
cambios que se esperaban en las tendencias sobre la situación de la
mujer en el mundo y en América Latina. La realidad en la mayoría de los
países en desarrollo, es que la agenda de género sigue siendo un
apéndice de la política gubernamental. Ni siquiera la alta contribución
de la mujer al trabajo remunerado en condiciones precarias, bajos
salarios, inestabilidad laboral y carencia de seguridad social, han
logrado convertir al tema de género en prioritario. Las dificultades
para avanzar en este campo continúan siendo inmensas y la
institucionalidad en este campo se caracteriza por su debilidad, poco
peso político y adicionalmente por su inestabilidad. Los esfuerzos por
hacer del género una política transversal cuando se concretan no son
sostenibles lo que confirma la debilidad política del tema.
Adicionalmente, es evidente la dificultad de las mujeres para participar
en el diseño de las políticas públicas, espacio que se creyó ganado con
los resultados de Beijing.
Más aún, las grandes reformas adoptadas en la década de los 90 en el
campo de la salud, la educación, del mercado laboral y, particularmente,
en los sistemas de seguridad social que sufrieron procesos de
privatización, no tomaron en cuenta las especificidades de las mujeres y
las diferencias con respecto al hombre en su condición de actoras y
beneficiarias en cada uno de estos campos.
Al comparar los avances obtenidos en el Cairo con lo realmente logrado,
los resultados en el área de la salud sexual y reproductiva, son aún
mucho más insatisfactorios. Un reciente balance realizado por el Banco
Interamericano de Desarrollo, BID, confirma lo ya mencionado, las
reformas en salud realizadas en América Latina no mejoraron los niveles
de salud de las mujeres. La mortalidad materna sigue siendo el principal
problema de salud de las latinoamericanas y sus altos niveles han
permanecido inmodificados durante los últimos 20 años. (Bid, 2004). La
incidencia creciente del VIH/SIDA entre las mujeres es un fenómeno
ignorado que no es objeto de divulgación ni de políticas. Así mismo, el
aborto, el embarazo adolescente y la incompleta cobertura de la
planificación familiar, demuestran que los derechos sexuales y
reproductivos de las mujeres están lejos de las metas trazadas.
LAS METAS DEL MILENIO
En septiembre del año 2000, los jefes de Estado y de Gobierno se
reunieron en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York, para
reafirmar su fe en la Organización y reconocer que además de sus
responsabilidades con sus sociedades, les incumbe la responsabilidad
colectiva de respetar y defender los principios de la dignidad humana,
la igualdad y la equidad en el plano mundial. Afirmaron su decisión de
establecer una paz justa y duradera en todo el mundo, de conformidad con
los propósitos y principios de la Carta y plantearon como tarea
fundamental conseguir que la mundialización se convierta en una fuerza
positiva para todos los habitantes del mundo, ya que, si bien ofrece
grandes posibilidades, en la actualidad sus beneficios se distribuyen de
forma muy desigual al igual que sus costos. Con base en estos y otros
principios acordaron los siguientes objetivos y metas del milenio:
Objetivo 1. Erradicar la extrema pobreza y el hambre
t
Meta 1. Reducir a la mitad la proporción de personas cuyo ingreso sea
menor a un dólar por día
t
Meta 2. Disminuir a la mitad el porcentaje de personas que padecen
hambre.
Objetivo 2. Lograr la enseñanza primaria universal
t
Meta 3. Garantizar que todos los niños y niñas puedan terminar un ciclo
completo de enseñanza primaria
Objetivo 3. Promover la igualdad entre los sexos y la autonomía de la
mujer
t
Meta 4. Eliminar las disparidades entre los sexos en la educación
primaria y secundaria, preferiblemente para el año 2005 y para todos los
niveles de educación para el año 2015
Objetivo 4. Reducir la mortalidad infantil
t
Meta 5. Reducir en dos tercios la tasa de mortalidad de niños menores de
cinco años
Objetivo 5. Mejorar la salud materna
t
Meta 6. Reducir la tasa de mortalidad materna en tres cuartas partes
Objetivo 6. Combatir el VIH/SIDA, la malaria y otras enfermedades
t
Meta 7. Detener y comenzar a revertir la tendencia de expansión del
VIH/SIDA
t
Meta 8. Detener y comenzar a reducir la incidencia de la malaria y otras
enfermedades importantes
Objetivo 7. Garantizar la sostenibilidad del medio ambiente
t
Meta 9. Incorporar los principios del desarrollo sostenible en las
políticas y los programas nacionales e revertir la pérdida de recursos
del medio ambiente
t
Meta 10. Reducir a la mitad el porcentaje de personas que carezcan de
acceso sostenible al agua potable y a servicios básicos de saneamiento
t
Meta 11. Haber mejorado sustancialmente, para el año 2020, la vida de
por lo menos 100 millones de habitantes de asentamientos precarios
Objetivo 8. Fomentar una asociación mundial para el desarrollo
t
Meta 12. Desarrollar aún más un sistema comercial y financiero abierto,
basado en normas, previsible y no discriminatorio. Ello conlleva el
compromiso de lograr una buena gestión de los asuntos públicos,
desarrollo y la reducción de la pobreza, nacional e internacionalmente
t
Meta 13. Atender las necesidades especiales de los países menos
desarrollados. Ello incluye el acceso libre de aranceles y cupos para
las exportaciones de los países menos adelantados, el programa mejorado
de alivio de la deuda de los países pobres muy endeudados y la
cancelación de la deuda bilateral oficial y la concesión de una
asistencia oficial para el desarrollo más generosa a los países que se
hayan comprometido a reducir la pobreza
t
Meta 14 Atender las necesidades especiales de los países sin acceso al
mar y los estados insulares pequeños
t
Meta 15 Encarar de manera general los problemas de la deuda de los
países en desarrollo aplicando medidas nacionales e internacionales, con
el fin de garantizar la sostenibilidad de la deuda a largo plazo
t
Meta 16 En cooperación con los países en desarrollo, elaborar y aplicar
estrategias que proporcionen a los jóvenes un trabajo digno y productivo
t
Meta 17 En cooperación con los laboratorios farmacéuticos, proporcionar
acceso a los medicamentos de primera necesidad y a precios asequibles en
los países en desarrollo
t
Meta 18 En colaboración con el sector privado, velar por que se puedan
aprovechar los beneficios de las nuevas tecnologías, en particular las
tecnologías de la información y de las comunicaciones
UNA VISIÓN CRÍTICA A LAS METAS DEL MILENIO
Las Metas del Milenio se consideran como el nuevo orden social para
eliminar la pobreza y lograr objetivos en términos de pobreza y de
acceso al desarrollo, que han sido postergados en particular durante la
última década. Por consiguiente, y en especial en América Latina, se
requieren análisis sobre su contenido y alcance, dada la trascendencia
que cada día adquieren en las agendas internacionales y de los gobiernos
signatarios de este acuerdo. Al ser mensurables se constituyen en
instrumentos que permitirán evaluar la gestión de organismos y
gobiernos. Sin embargo, ya se escuchan críticas sobre su contenido.
La primera crítica que se les hace se refiere a temas excluidos. No es
fácil de entender que serios problemas del desarrollo han quedado por
fuera de objetivos y metas. Tal es el caso del empleo precario, fenómeno
generalizado que caracteriza los mercados laborales actuales tanto en
países pobres como en sociedades industrializadas. Al no afrontar este
problema se está dejando al margen la llamada democracia económica que
se define como en derecho de todo individuo, mujer u hombre, a generar
el ingreso que le permita una vida digna. La llamada flexibilización
laboral tan en boga en las políticas de mercado, está generando
problemas serios de inseguridad económica en la Región latinoamericana
por las bajas remuneraciones, la falta de seguridad social y su
característica inestabilidad laboral. Sin abordar este problema no es
fácil entender como se logrará que grandes sectores de población salgan
de la pobreza por la vía digna del trabajo.
Pero sin duda la no-consideración de los derechos sexuales y
reproductivos, es la que ha causado mayor malestar entre los sectores de
mujeres del mundo. Solo algunos de sus componentes como la mortalidad
materna y la reducción del VHI/Sida se han tomado en cuenta pero han
quedado por fuera temas neurálgicos como el embarazo adolescente, el
aborto, la planificación familiar, entre otros más. La sensación de
frustración frente a los debates del Cairo, centrados en estos derechos
de las mujeres, se agrava hoy al no ser considerados como un todo en las
metas del milenio.
Sectores comprometidos con la defensa de los derechos humanos no logran
entender porque este tema quedó por fuera de las prioridades del
milenio. Hoy se reconoce que se violan aún en sociedades que pretendían
tener la autoridad moral para juzgar a quienes los violan. La guerra de
Irak ha demostrado que los problemas de derechos humanos no tiene
fronteras y debían comprometer a todas las sociedades hasta lograr el
respeto que las normas imponen. Así mismo es incomprensible que la
equidad no haya sido planteada como una de las principales metas. El
fracaso del gasto social como instrumento para abordar la pobreza, ha
llevado a reconocer que las llamadas condiciones iniciales,
concentración del ingreso, de los activos productivos, del capital
humano y del poder político, son determinantes de la eficiencia de las
políticas sociales. En sociedades desiguales los pobres se enfrentan a
una selección adversa cuando se trata de acceder a los bienes públicos.
La naturaleza de un segundo grupo de críticas obedece al hecho de haber
ignorado la experiencia vivida en temas que se plantean como metas que
permitirán mejorar las condiciones sociales de la población. En primer
lugar, la universalización de la educación primaria, ya lograda en la
mayoría de los países latinoamericanos, no se ha convertido en motor de
cambio. De igual manera, la mayor educación de las mujeres que es una de
las conquistas ya logradas en la Región, tampoco ha asegurado la equidad
de género en América Latina. En general el tema de equidad entre hombres
y mujeres reviste una gran complejidad y es tratado de manera simplista
en esta nueva agenda social. Las normas, reglas y valores que rigen en
la sociedad siguen reproduciendo esquemas patriarcales a pesar de los
logros alcanzados por las mujeres en educación, salud e inserción
laboral. Si el objetivo es reducir la desigualdad entre los géneros, las
metas exigirían propósitos más complejos llamados a construir un capital
social funcional a estos fines.
Probablemente la meta más criticable es la que se refiere a Fomentar una
Asociación Mundial para el Desarrollo; es obvia la influencia de los
países desarrollados en su concepción y redacción. Su objetivo es válido
pero no la naturaleza de las metas. En el tema del comercio mundial no
se hace ninguna mención a la doble moral de los países ricos que son
quienes mantienen barreras a los productos provenientes de los países en
desarrollo. Sobre la deuda, se trata de manera limitada sin considerar
la situación de los grandes deudores de ingreso medio. Y, finalmente, en
el complejo problema de los derechos de propiedad intelectual que
protegen a las grandes multinacionales afectando la oferta de
medicamentos y de insumos agrícolas, la posición claramente va en
contravía de los intereses de quienes no producen estos bienes sino que
solamente los demandan.
LA VERDADERA CONTRIBUCIÓN DE LAS METAS DEL MILENIO
No obstante las limitaciones anotadas, las Metas del Milenio pueden
estar induciendo uno de los cambios más esperados por el mundo que ha
sufrido las consecuencias de la economía ortodoxa que propende por el
mercado y poco estado. El Banco Mundial ha reunido a especialistas y a
formuladores de políticas públicas de diferentes lugares del mundo, para
analizar experiencias exitosas en reducción de pobreza que guíen
iniciativas futuras y, quien lo creyera, puedan cambiar de manera
fundamental, según sus propias palabras, el paradigma de desarrollo.
Varias razones pueden explicar este viraje que sin duda repercutirá en
las políticas nacionales. En primer lugar, las Metas del Milenio, la
primera de las cuales señala la necesidad de reducir a la mitad la
pobreza extrema, le exigen a los Organismos internacionales unos
esfuerzos que serán evaluados. Y serán todos los mandatarios del mundo
que se comprometieron en el año 2000 a cumplirlas los que les tomarán
cuentas a aquellos que han manejado el discurso del desarrollo en los
últimos tiempos, entre los cuales el Banco Mundial ocupa el primer
plano.
Por primera vez, existe una vara con la que estas entidades serán
medidas y esa responsabilidad está haciendo mella. En segundo lugar,
empieza a hacer carrera la responsabilidad de instituciones como el
Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, en la pérdida de
legitimidad de los gobiernos latinoamericanos. De acuerdo al reciente
estudio del PNUD, la combinación de las políticas de libre mercado y
nuevas democracias ha fracasado de tal manera, que más del 50% de los
latinoamericanos estarían dispuestos a aceptar nuevamente las
dictaduras, si estas aseguran el crecimiento económico. Sin gobiernos
legítimos ¿cómo se pueden cumplir las metas del Milenio? Y finalmente,
en tercer lugar, las recetas actuales ni generaron crecimiento, ni
redujeron la pobreza ni mejoraron la distribución de los pocos
beneficios del desarrollo logrado. En resumen, o se cambia de paradigma
o no solo no se cumplirán los objetivos acordados por los mandatarios
mundiales sino que es posible que la pobreza y todos sus males, se
agraven en la próxima década.
Si el temor de no cumplir con la reducción de la pobreza a la mitad en
el año 2015, induce a la reconsideración definitiva de las recetas
económicas actuales y a la exploración de un nuevo paradigma del
desarrollo, centrado en el ser humano, independientemente de sus
limitaciones, las Metas del Milenio le habrán hecho una contribución
histórica al desarrollo mundial.
LOS NUEVOS DESAFÍOS PARA LA SOCIEDAD CIVIL
Las realidades actuales plantean claramente retos complejos que se ven
sometidos a permanentes cambios que obedecen a la volatilidad de la
economía y a los resultados de un mundo global donde hechos locales
tienen repercusiones mundiales. La sociedad civil, y en particular los
movimientos de mujeres, van a enfrentar nuevas situaciones que
demandarán cambios en sus agendas. Para enfrentarlas, las mujeres deben
partir del reconocimiento de cuáles son sus nuevos activos. El primero
de ellos es la realidad misma que demuestra un creciente protagonismo
femenino tanto en el ámbito privado, de la economía del cuidado no
remunerada, sin el cual el costo de la reducción del gasto público por
parte de los gobiernos hubiese sido mayor en términos de calidad de vida
de diversos grupos de población, y de su creciente participación en el
mercado de trabajo, en el proceso identificado como la feminización
laboral que caracteriza a todas las sociedades del momento. De manera
evidente las mujeres de hoy son actoras del desarrollo y el desbalance
se identifica en su papel como beneficiarias del mismo dado que su
esfuerzo no corresponde a las retribuciones económicas que reciben y a
su reconocimiento social y político. (López, Cecilia, 2000ª, 2000b,
2000c)
El segundo activo proviene de las valiosas contribuciones que las
economistas feministas están haciendo en el campo del conocimiento
económico. Sus avances conceptuales han clarificado las relaciones entre
género y macroeconomía pero además están realizando aportes en la
búsqueda, no solo de temas pertinentes al género, sino de nuevas
interacciones entre la economía y la equidad en general. Son las mujeres
economistas las que señalan hoy "el contenido social" de la política
macro que se espera desplace la práctica común de políticas sociales
llamadas aditivas que no evitan sino que buscan remediar los efectos
negativos de decisiones macroeconómicas. (Elson, Diane y Nilufer Cagatay,
2000)
Con base en estos elementos, los nuevos desafíos que se proponen al
movimiento de mujeres son los siguientes
1) Aceptar como una realidad su innegable protagonismo como actores
fundamentales del desarrollo. Esto implica abandonar el papel
tradicional de víctimas y exigir reconocimiento por sus contribuciones
al crecimiento económico, al desarrollo de la democracia, a la reducción
de la pobreza y al manejo sostenible de los recursos naturales, entre
muchos otros.
2) Incorporar los nuevos desarrollos teóricos y empíricos que aporta la
economía feminista, con el objeto de fortalecer el discurso de las
mujeres. Existe suficiente evidencia para enriquecer con datos y
análisis los planteamientos que buscan el reconocimiento de los derechos
de las mujeres y sus nuevos roles en la sociedad.
3) Vincular la actividad de la mujer y sus especificidades a los temas
del desarrollo. Un claro ejemplo se encuentra en el área de la salud
sexual y reproductiva. Dado el creciente aporte de la mujer a la
producción, es necesario demostrar la interrelación que la salud
reproductiva tiene con la productividad, tema que conmueve a los
economistas y que puede facilitar la evolución favorable de este tipo de
políticas que hasta ahora han sido postergadas. Este es un reto tanto
para la academia como para el activismo feminista.
Los propósitos anteriores son una preparación para lo que se desea
plantear como los grandes desafíos para los movimientos sociales de
mujeres que son:
t
Contribuir definitivamente a la construcción del nuevo paradigma de
desarrollo. Nadie como las mujeres de América Latina han sufrido los
efectos perversos del Consenso de Washington. Hoy se abre una puerta
para su replanteamiento y para posicionar de nuevo los objetivos
sociales como prioridad del desarrollo. No pueden las mujeres sustraerse
de esta oportunidad que deben trabajar conjuntamente la academia
feminista, la academia no ortodoxa, con la cual existen intereses
comunes y, el activismo, para posicionar políticamente el tema en la
agenda que se construya tanto en los organismos internacionales como en
los gobiernos y en la academia.
t
Buscar de manera decidida el posicionamiento de mujeres con sensibilidad
de género en posiciones de poder tanto a nivel nacional como
internacional. La mujer ha sido tímida frente a la política pero después
de tantos años de lucha y tantas frustraciones ha llegado el momento de
buscar el acceso al los niveles donde se toman las grandes decisiones.
Llegó la hora de perderle el temor a la política, tema aún vedado para
las mujeres.
Si no se aborda el gran debate sobre las nuevas rutas del desarrollo y
no se busca de manera masiva llegar a los sectores donde se toman las
grandes decisiones tanto a nivel mundial como local, los grandes logros
se seguirán quedando en lo cualitativo, más visibilidad, y no en lo
cuantitativo, capacidad de manejar las realidades del mundo en los
distintos niveles.
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